miércoles, 24 de febrero de 2010

MI SECRETO




MI SECRETO

Hay un hombre de aceras limpias,
de avenidas rotundas
y de calles generosas;
de horizontes sin grúas,
tejados sin hollines
y panorámica de anhelos;
un hombre ahíto en brillos y despertares…

Hay un hombre de cortinas abiertas
y estancias luminosas,
sin aristas ni rincones,
diáfano en el periplo de luz
que el mismo engendra
y que aventura, entre evidencias,
pétalos tejidos en hilos de gloria
y clareados en rocíos.

Un hombre que, vestido en ósculos de tisú,
rezuma ámbar en su piel,
regala arándanos en la flor de su labios
y terciopelo en su mirada;
un hombre de sonrisa franca
y verbo sabio y afable
que engalana, en silbos, cada amanecida

Hay un hombre que anuncia,
en la equidad de cada gesto,
un estallido de serpentinas y confeti,
un hombre que promete desmesura
en el manar irredento de agua fresca
de la fuente de su boca
y que entrega, con calidez infinita,
su palabra amable
a la rosa de los vientos
para que la acune
y, en un despertar de trinos,
la acerque a los magnolios
que florecen, ya, en mi alma entregada

Y ese hombre, lo sabes, ¿verdad?
Ese hombre, eres tú…
Pero, ¡calla!,
Es mi secreto,
¡no se lo cuentes a nadie!

lunes, 15 de febrero de 2010

ESQUIVA



ESQUIVA



En la noche de los silencios me agazapo…

Escondida entre las sombras,

-esas que el silencio proyecta sobre los días-,

busco escapar de la propia afasia que lacera y hiere,

pero de la que no puedo liberarme

ni a fuerza de ecos roncos...



Reinventé la poesía para acompañar al mutismo

que me invade y que me anula,

pero se me muestra esquiva y altanera

y no responde a los designios de mi temblorosa mano.

Y duele más su indiferencia

que el propio silencio que la engendra.



Le creé un altar

y esculpí iconos para acompañarla;

encendí cirios perfumados,

quemé inciensos

y derramé, por doquier, agua bendita;

acomodé la estancia y entoné,

en el recogimiento de la memoria,

un salmo laudatorio.



Pero ella no atiende a mi llamada

ni a mis desvelos

y, displicente,

se recrea en mi desgracia.

Mi soliloquio no es más

que la propia respuesta que me aguarda.



Sólo me queda seguir agazapada

entre sombras de silencio

esperando, tal vez, que algún día quiera regalarme

una leve sonrisa despistada.

domingo, 14 de febrero de 2010

El traidor ( "a la salud del vicepresidente argentino" )


Ha ensuciado sus pocos pergaminos
con la huella macabra de sus pasos,
rompiendo la nobleza en mil pedazos
con sus gestos banales y mezquinos.

Valiéndose de actos interinos
propina sus traidores coletazos,
y se aferra al poder con sus dos brazos
este hombre de los hábitos cetrinos.

Mercader de su afecto intoxicado
desnuda su egoísmo inclaudicable,
que lo sigue fielmente a su costado

con el fino modal de un tipo amable,
que presume de ético y honrado
bajo la piel del ser más deleznable.

lunes, 8 de febrero de 2010

ÉXODO




ÉXODO


En la nostalgia de mi viaje al edén de la noche

volví los ojos a poniente

mientras me laceraban, en lágrimas,

los silencios que llevaba dentro


Quise hallarme entre mis propias huellas

aunque, estúpidamente,

escapaba de mí misma

en una confusión de multitudes,

arañando mi tosco afán

con un despliegue de manos lujuriosas

y de mezquindades.


Un gélido suspiro,

que de tan frío dijérase brasa,

atravesó mi propósito,

tiñendo, en surcos impíos de congoja,

mis añiles, otrora esperanzados en magentas,

y, tras el humear de ese glacial desconsuelo,

tristemente amordazados en grises.


Descubrí, oculto en un bramido de esquelas,

la quietud del tiempo en barbecho.

Me sobraron entonces

los abrigos de cieno y lodo,

los abrazos en celofán

y los aplausos en falsete.


En el mutismo de mi espacio fragmentado

el enemigo no vestía galas de sol,

sino el frac negro de la indiferencia

y el profundo escote de viento

de quién no es más que una efímera sombra

¡Porque, en realidad,

en esa ceremonia de cristales rotos,

yo era mi enemigo!.


Emprendí un éxodo redentor

que prometía horizontes de sílice

donde sólo existían plásticos enlutados

de noches muertas;

y, en el camino,

sacudiéndome la caspa

de mi propia necedad,

desde la pequeñez de mis proclamas,

la luz se hizo adviento

y me encontré a mi misma.


En la nostalgia del viaje de regreso desde el edén de la noche

volví la vista a levante

y los silencios que llevaba dentro

estallaron en sonrisas.


Y entonces, sólo entonces,

pude verte.