domingo, 31 de enero de 2010

CAMINOS


CAMINOS


Has andado el camino con cicatrices de hambre

y retumbar de pesados sopores en las botas.

Un camino que se anuncia entre estrépitos de soledad

y timbales de angustia;

limitado en zarzas de hastío

y en el que el viajero apenas cuenta

con carámbanos de hiel triste y amarga

y con ausencias en su zurrón, espeso de tiempos muertos.



Un camino que sólo tiene una seña:

la del anhelo en lo que fue,

sin miras para el qué será;

y que esconde, en melancolías, las esperas sin futuro.

Un camino urdido en asperezas,

con la meta puesta en una línea que no se afianza en el horizonte,

sino en el hueco del alma exánime del viajero que lo transita



Tal vez, en algún impensado requiebro,

se eleve sobre las cortezas de tan dolientes augurios

y alguna guirnalda de luz temple cordura

en el ramaje cerrado de su suerte,

regalando perspectivas.



¿Pudiera ser, acaso, factible

-contra todo pronóstico-,

retomar las fuentes y allanar senderos?



Has andado un camino con cicatrices de hambre...

pero va tocando ya cambiar las botas






Nota: inspirado en un bello texto de nuestro compañero y amigo José Antonio, que podéis visitar en su blog "Autorretrato en espejo convexo", titulado, el viajero

jueves, 28 de enero de 2010

LOS PERFILES DEL AIRE


LOS PERFILES DEL AIRE


Cae la tarde.
Caen sus velos, lamiendo las aristas
del espacio infinito que la acoge,
como lágrimas del día
que se aquieta y se adormece...


Cae la tarde,
-¡reo es de muerte!-.
Ante la sentencia cruel,
escrita en los lomos de la noche,
se acalla la luz
pero, antes, rinde su última danza
y besa, en un agónico suspiro,
los perfiles del aire.


lunes, 25 de enero de 2010

PARA TÍ


PARA TI




Dejé libre la ilusión de mi boca

al amparo de los vientos, en la noche,

esperando que, al menos, el poniente

me otorgará el favor de aproximártela

y sellara, con un beso de amapola,

el infinito aprecio que, en mi haber, te aguarda.



Dejé volar retazos de luz y fantasía

en caravanas de aves migratorias

y, en un festín de primaveras,

exorcicé mi abrazo

para que, rompiendo eneros,

atravesara el éter

y, en tu abrazo, se fundiese.



Dejé escapar suspiros no nacidos,

entregados a una marea de añiles

esperando que, del azul de mi mirada,

se tiñera el iris de tu ojos

y, estallando en turquesas,

nos sembrara de salitre y caracolas



Dejé franca la palabra

sonriendo entre cascadas de versos

para que la hicieras tuya

y, en la algarabía de tinta que derramo,

germinara, en susurros y ambar

la caricia del poema que hoy, te dedico.



sábado, 23 de enero de 2010

NARCISO



No hay música en la oquedad rota

del vicio que suspende los sentidos;

sólo prosaicas notas de orgullo,

puro cretinismo del afán ciego

con que el hombre se agasaja a sí mismo.



¿Qué música puede surgir de la nada,

de la vacua vanidad del que, pertrechado en el "yo soy",

sólo asiste al delirio de su estampa?



Ámate, Narciso, a ti mismo!",

proclama la sangre enfrebrecida

tras su propia imagen de cristal,

mientras, en las venas de la conciencia,

su modestia malherida, aún llora mesura:


"no pretendas más respuesta de las aguas;

pues el coito inconcluso de tu ego,

no ha arrancado, en ellas, ni un suspiro de lástima"



No sonará un himno triunfal,

ni una marcha solemne,

sino la sempiterna cantina

de un arrebato oscuro

en sueños de mortaja;

o el triste réquiem

por quién, sombra de sí mismo,

quiso besarse la boca.



Y ahora, el silencio

No merece más.

jueves, 21 de enero de 2010

El Desacato



Me lo hiciste saber con tu zapato
que en silencio acercaba su estocada,
al tiempo que el fulgor de tu mirada
me traía la duda de un novato

y el rojo manifiesto de arrebato
en el rostro que exhibe la llegada
de esta historia que surge de la nada
en la mesa del bar "El Desacato",

que como tal induce a la ruptura
de los lazos que atan al pasado,
a causa de la súbita locura

de un zapato vivaz y desbocado
que deja al corazón en desmesura,
y envuelto en los sabores del pecado.

lunes, 18 de enero de 2010

ALGO DISTINTO

(CRUCE DE LANZAS. MAGDALENA SALAMANCA)




ALGO DISTINTO



Hilar sangre en bodoques de rechazo
-cuando no hay más asepsia que el embrujo
de unos ojos que cantan a maitines-
es tejer, en el alma, sinsabores,
es llorar sobre pretéritos maltrechos
y es perder en la cuenta y el balance
en un debe que, a fuer de ser tan intrincado,
se nos hace, al punto, fatigoso...

Pero están las lanzas prestas
por si fuera mañana algo distinto.


jueves, 14 de enero de 2010

EN LA BASÍLICA






Quiero dejaros, hoy, un relato cuya peculiaridad es que lo desarrollo en cuatro fases. Un historia inicial, "En la basílica", al que he añadido las sensaciones del personaje principal una continuación intimista, "Eva. Irreverencias" y he acompañado con un poema enen el que he volcando mis propias sensaciones, "Anatemas en la piedra". Cierro la propuesta con una súplica de continuidad que, en sí, es el grito interno del personaje principal que motiva el propio devenir de la historia, en un ciclo del que sus personajes ya no pueden escapar.

Os dejo, pues, todo el conjunto, perdonando por la extensión del mismo. Espero sea de vuestro agrado.



1.- En la Basílica


El templo estaba prácticamente a oscuras. Sólo las danzantes llamas de las velas iluminaban ligeramente la estancia, con una tenue luz que proyectaba, ampliadas, las largas y zascandileantes sombras de todos los santos que se apostaban en las hornacinas que por doquier saturaban las paredes del recinto, uniéndose todas ellas, en su baile, en un beatífico abrazo que disipaba los contornos de las cosas, produciendo una sensación casi fantasmagórica. Todo se mantenía en pesado silencio. Sólo el ligero crepitar de las tímidas llamas, el perdido crujir de alguna gastada madera y los apagados pasos de algún curioso roedor que se adentrara en el templo buscando, acaso, un refugio.

Olía intensamente a incienso y cera. Se confundían estos olores con los penetrantes y enmohecidos regustos de humedades en la piedra, que exhalaban con ellos los recuerdos de tantas plegarias, homilías, salmos y sermones.

Hacía frío; Las inmensas naves no podían retener el calor que no existía en el santo aposento. En un lugar de oración y penitencia cabe esperar el sacrificio y ¿Qué mayor sacrificio, para el orante, que ofrecer el frío intenso que sufre a la divinidad? Mejor eso, en cualquier caso, que el terrible cilicio o el flagelo.

Eso, al menos, pensaba aquella figura que se escondía en una de las muchas capillas laterales; en aquella, la más pequeña, siempre a oscuras, donde nadie osaba encender nunca una vela, y en la cual ningún exvoto recordaba que aquel santo recibiera adoración alguna.

Un santo yacente, olvidado, un santo innómine, que no merecía siquiera un exvotario o un triste cirial. La tímida presencia del yacente y un simple reclinatorio por todo adorno; por no haber, no había en la estancia ni cepillo

Sin embargo, para Eva, aquella capilla ejercía una atracción enfermiza. Se acercaba a ella todas las mañanas, cuando nadie visitaba el templo o, como mucho, alguna vieja beata que con monótona letanía adormecía más la estancia, En silencio se arrodillaba en el único reclinatorio, y cerraba los ojos, con devoción, sumiéndose en un estado de éxtasis acompasado por el rítmico vaivén de su cuerpo.

Nadie que la conociera bien podría imaginar qué la llevaba a aquel rincón y qué la sumía en aquel estado pues, lejos de beaterías, era una mujer de mundo, activa, dinámica, simpática y cordial; su vida se fugaba entre circunstancias absolutamente mundanas, ante las que se rendía sin oponer lucha alguna. Agnóstica y un tanto despechada con tantos mitos vanos y creencias impuestas, su postura herética era bien conocida por todos aquellos que la trataban.

Pero allí estaba, día tras día, sumida en un arrebato místico que ni ella misma entendía.


Todo empezó semanas atrás:

Durante algún tiempo solía pasear por un adormecido barrio que se le antojaba encantador y cuyas calles confluían en una pequeña placita presidida por un bello templo de porte elegante y de formas sencillas al que todos se referían como "la basílica". Frente al templo, un recogido y acogedor café se convirtió, cada día, en visita obligada. Allí, donde no conocía a nadie y nadie podía reconocerla, invertía un par de horas diarias meditando y garabateando folios en blanco con ideas para su próxima novela. El éxito aún no le había sonreído de forma definitiva en su quehacer literario, no obstante, contaba con algún premio en su cartera, lo que, desde luego, le animaba a perseverar en la compleja labor de escritora.

Un buen día, al poco tiempo de frecuentar aquel café, un joven apuesto de mirada enigmática y atractiva con el que ya se había cruzado alguna vez junto a las escaleras que daban acceso a la iglesia, se sentó en una mesa próxima a la que solía ocupar Eva. En el preciso momento en que se cruzaron sus ojos, sus miradas se contaron las historias de sus vidas y ese sólo instante fue suficiente para saber que de allí ya no saldrían como entraron.

Eva saboreó su delicioso café, celebrando el olor penetrante que desprendía, con la mirada perdida o, talvez, atrapada en los ojos que ya no miraba.

Él, inquieto, extrajo unos folios del interior de su cartera y los extendió sobre la mesa con gesto nervioso e impreciso. Comenzó a emborronar sobre el papel palabras inconexas evitando levantar la mirada.

El tiempo galopaba al mismo ritmo trepidante que los corazones desbocados de aquellos desconocidos.

Vestía un día luminoso y la brisa revoltosa se entretenía descontando de los árboles las últimas hojas secas con que tapizar una mullida alfombra sepia sobre el adoquinado de la plaza. Despertaba la mañana una alegre cancioncilla infantil, procedente de un grupo de niños que jugaban próximos, con notas que salpicaban el deambular pesado y abstraído de Eva hasta el momento preciso en que indisciplinada pelota la rescataba de sus ensoñaciones.

Cuando una interminable lista de actividades cotidianas habían consumido el resto del día y, recibiendo la noche, sentada frente a su escritorio, su pluma cedíó ante una imaginación desbordada de la que surgieron las más bellas historias.

A la mañana siguiente, cuando él llegó, no habían pasado más de unos minutos en que ella se había reunido con la humeante taza de café. Otra vez, se cruzaron los ojos, apartando tímidamente las miradas que volvían a buscarse tercas y furtivas.

Así transcurrían los días en que ella adivinaba cada palabra que él garabateaba mientras él arrebataba de sus labios, sorbo a sorbo, el café que ella degustaba.

Sin saber cómo ni por qué, se encontraron sentados en la misma mesa y charlando de mil trivialidades. Salieron juntos del café, trenzadas las manos en las cinturas y, sin otra voluntad que satisfacer el deseo que nacía impetuoso, se fundieron en un apasionado abrazo como preludio del mágico beso que se regalaron.

Apenas dieron tiempo a cerrar la puerta de la casa de Eva para que las manos buscaran y encontraran acomodo en el otro, mientras las bocas se abandonaban en un renovado beso. A cada caricia siguió otra caricia, y a cada beso, otro beso, en una danza sin pausas al ritmo que marcaban los encendidos corazones. Fuegos de artificio iluminaron el cielo en el que se perdieron, mientras torrentes desbocados de deseos corrieron por sus cuerpos. En un momento se pararon todos los relojes y el tiempo les permitió sentir eterno el gozo que les embargaba.

Sudorosos y agotados los cuerpos, jadeantes aún las respiraciones, acelerados los pulsos y satisfechas las ansias; permanecieron abrazados durante mucho tiempo más recreando la mente en el éxtasis alcanzado. Fuentes de besos tiernos y dulces fueron entonces sus bocas, y entre susurros, se musitaron palabras de amor.

"¿Te volveré a ver mañana?", preguntó Eva en un suspiro. Una lágrima cristalina asomó tímida y corrió lenta por la mejilla del joven que, quebrada su voz, dejó caer sobre Eva una enigmática frase "Mañana ya no te tendré, ya no te soñaré como te he soñado, como te he visto. Debo volver a mi realidad".

Ella no acertó a comprender aquellas palabras que, sin embargo, quedaron impresas en su mente y que adivinó definitivas. Mientras un llanto incontenible la sumía en el silencio más duro y pesado, él fue vistiéndose lentamente, sin dejar de acariciarla.

Días después, sin poder acallar la nostalgia que la afligía ni entender realmente aquellas palabras que la atenazaban a un dolor asfixiante, recogió de su buzón un misal en cuya contraportada aparecía, emborronado, un mensaje:

"Te añoro. Te querré siempre. Te esperaré todas las mañanas en la hornacina donde yace el santo sin nombre"






2.- Eva. Irreverencias


Por un segundo he leído tus poemas según la posición de tus dedos. Por un segundo mis ojos han sentido intensamente un iris de luz nueva en ellos.

Apenas una décima de segundo me bastó para saber que te acercarías a mi mesa y que tus palabras me llevarían a tus brazos. Y que el amargo café que dejaba en aquella mesa nunca más podría ser consumido por mis labios. Quedaron presos en una boca que prometía el infinito.

No más de un instante sentí tu cuerpo junto al mío. Y sentí que no podría pararlo. Que el propio deseo sería más fuerte que la oportunidad de arrepentirme y escapar de la locura que me devoraba.

Pero el instante se convirtió en tiempo indefinido. Y sin saber qué manos me abrazaban ni qué boca investigaba mis misterios, me abandoné al deseo. Manos de poemas y besos de epopeyas plagaron mi cuerpo, mientras mi prosa corría ávida por tus rincones. Tus rimas recorrieron mi pecho que, excitado, se ofreció, solícito. Tus metáforas se pararon en mi vientre que tembló, impreciso. Una estrofa de pasión siguió bajando y, como corola que ante el sol se abriera presta, cedí ante tu pluma de poeta y permití tu paso por mis letras. Y corrieron, los verbos, por nuestros cuerpos; los predicados que exhalábamos marcaban un ritmo preciso y acompasado de pasiones. Cerré los ojos para ampliar las sensaciones y el mundo desapareció, de pronto. NO había más que un par de palabras que lo llenaban todo, susurradas suavemente, dulcemente, entre tu pelo y el mío, "te quiero". Y, acallándose el silencio más aún, en ese instante en que el cielo se abrió para escucharnos, un sutil suspiro lleno de sensaciones perfumó el aire. Y expiró de inmediato mientras nos fundíamos en el fuego del beso más deseado. ¿Estaban nuestras lenguas, acaso, confirmando que éramos, por nuestro propio desacato, reos de muerte, sentenciados?

Abrí los ojos, nueva. Nuevo era todo desde ese instante. Nuevo mi cuerpo que vibraba ante el literario escenario del amor. Miré a mi lado y … ¡no había nadie!.

Te había soñado.

Tal vez, sólo tal vez, en esta ocasión, fuéramos indultados. La guillotina no caería sobre nuestras cabezas. Sólo había sido soñado...

Pero las sábanas guardaban el secreto. Ellas se apropiaron de nosotros y nuestra estela de amor quedó impresa, para confirmar mi sueño. La prueba la guardo yo. Sólo yo conozco este relato. Sólo yo he sentido tus palabras como saetas ardientes en mi sexo. Te guardaré el secreto.






3.- Anatemas en la piedra


La piedra me devuelve

el eco oscuro de tus pasos;


pasos que se pierden y laceran


lo más profundo del templo


Un gélido dolor recorre


las aristas de los capiteles


y estremece, los muros y las torres,


el lamento hiriente del badajo




Bronces al viento,


piedra llorando musgos en barbecho,


letanía de versos,


baile de luces y sombras


con regusto a sándalo y a incienso




Preciso el latido profundo


del santo dormido


en algún rincón de la girola;


sangre en los poros,


suspiros rotos en las vidrieras,.


lamentos y ausencia


en los perfiles del alba.




Cadencias de cópula


en el estridente llanto de los santos,


oscuros presagios de más llantos


(acaso la esperanza dormida


buscando anatemas en la piedra)





4. Epílogo. Una súplica.



¡Mírame!,

no puedes dejarme así...

¡No he bebido aún todo el sabor de tus labios

ni he apurado hasta la última gota de tu néctar!



martes, 12 de enero de 2010

Caricias sediciosas



En el bravo acantilado de tus senos
desbarrancan mis caricias sediciosas
hambrientas de palpar y avariciosas,
prisioneras en el mar de los excesos
solo dejan su labor cuando mis labios,
depositan en tu cuerpo ardientes besos.

Recorro cada curva que me ofreces
y me quedo reposando en tu cintura,
donde jadea con súbita locura,
mi voz, en la frontera del deceso
no queda ni el más ínfimo resabio
de los puntos carnales que atravieso,
donde muere el ardor de mi deseo,
consumado, frenético y poseso.

lunes, 11 de enero de 2010

AL ABRIGO DE TU CUERPO





Si hoy se acallaran las distancias

estaría hablando mi boca,

y no mi pluma;

estarían hablando mis manos,

y no la catarata fría de cristal mudo

que nos separa.



Si hoy, entre nosotros,

el espacio se achicara tanto

que sólo sonara mi respiración

agitada en el anhelo,

sabrías del regalo que revolotea

en el aire de mi abrazo.



Si hoy compartiéramos

el rubí de la aurora que nos atiende,

no sería preciso

el silencio de mis sábanas blancas

para escribirte un poema;

mis dedos surcarían el camino de tu pecho

dejando, tejida a golpe de ternura,

la huella de un verso en cada recodo de tu piel.



Si hoy se extinguieran nuestros pasos perdidos,

no engalanaría mi deseo en predicados,

sino que dejaría correr mi aliento

por la senda de tu torso,

recitando, en besos,

la canción que encuentra la rima en el suspiro

y se tiñe de tinta y gozo

en la promesa de una caricia.



Si hoy estuvieras a mi lado

sudaríamos odas

y yo estallaría en sonetos,

al abrigo de tu cuerpo.

sábado, 9 de enero de 2010

Despedida



Limpio con mi mano la ventana,
condensada de respiración y penas
para ver tus pasos, tu andar,
como se alejan...
te vas con la lluvia,
en una noche fría y destemplada.

Calles abajo te marchas,
sin una despedida...

Te miro desolado, tras el cristal
que de nuevo se empaña...
te llevas el calor de la leña
y el aroma del café que no tomaste.

Cuanto te quise, pero solo hasta hoy.

Calles abajo te marchas
sin una despedida…

Otros brazos cobijaran tu cuerpo
que alguna vez fue mío
otras labios sellaran tu boca
con nuevas pasiones
pero nunca tan plenas como las mías

Calles abajo te marchas
sin una despedida...

Mientras...
desolado miro la ventana
que se ha vuelto a empañar
con las últimas lágrimas
que ya no te pertenecen...
que tampoco me consuelan...

Calles abajo te marchas
sin una despedida...


jueves, 7 de enero de 2010

RENACIMIENTO por KENZABURO OÉ


La tragedia aumenta con virulencia y termina súbitamente. Entonces, la jefa de la tribu, Iyoraja, se dirige a las mujeres del mercado, que entonan una elegía sin dejar de mover sus cuerpos: “Olvidémonos de los que ya han muerto, incluso de los vivos. Que vuestro corazón esté solamente con aquellos que todavía no han nacido”
La muerte y el caballero del Rey. Wole Soyinka


He de advertir que con este autor no soy objetivo. Desconozco el motivo, pero siento una corriente de simpatía hacia él. Cuando uno mira las fotos que del autor se publican en sus libros, observa a un hombre maduro, entrado en años, con gafas redondas, gesto circunspecto y ojos rasgados, como buen nipón. Pero sobre todo desprende melancolía, la misma que destilan sus obras. Alejado de la estampa marcial de un Toshiro Mifune, que estoy seguro podría haber protagonizado alguna de sus obras, tan alejadas del estereotipo del hombre duro.


Llegó a mis manos un tanto fortuitamente este libro. Alejado últimamente de la visión de las novedades literarias, andaba buscando distraídamente un libro que regalarme por estas fechas, valga como vulgar excusa para darme al frenético vicio de la lectura, cuando de una estantería situada varias cabezas sobre mi, cayó, literalmente en mis manos (en realidad fue a mi pie derecho, pero queda menos glamuroso) este libro, que es la última publicación en castellano del autor. Y claro, ante esta señal inequívoca de que el libro quería venirse conmigo, no iba a ser yo quien lo decepcionara y menos tratándose de Oé.


El libro comienza cuando Goro, un famoso director de cine japonés, se suicida, llevando la zozobra a su cuñado y amigo, Kogito Choko, alter ego del propio Kenzaburo Oé. Han tenido una extraña forma de comunicarse durante toda su vida, se han comunicado a través de una cintas de radiocasete que Goro le ha ido enviado periódicamente, que Kogito escucha en un aparato anticuado que una vez le regalo su cuñado y al que puso el curioso sobrenombre de tagame, una especie de insecto que solía cazar Kogito cuando era niño. En la ultima cinta que recibe se escucha una frase extraña <>, tras lo cual se oye un ruido y se produce el silencio.


Devastado y desorientado decide acudir a Berlín, en donde Goro se ha suicidado, embarcándose en una búsqueda, no ya de la causa de su muerte, sino centrándose en una exploración interior, que empieza con la busca de una enigmática Mädchen für alles (traducido en el libro como persona para todo), desconocida joven con la que tuvo una postrera aventura sexual o la certidumbre que finalmente le acecha sobre si el suicidio no ha sido tal, sino una venganza de la yakuza, la mafia japonesa, de la que el finado había hecho burla en una de sus obras.


A partir de aquí rememora la relación que ha tenido con Goro, una amistad que hunde sus raíces en las postrimerías de la adolescencia, mezclada con los recuerdos de juventud de las actividades paramilitares de su padre poco después de la segunda guerra mundial, recuerdo que se presenta dolorosamente al cabo de unos años, o el ataque por parte de unos desconocidos al propio Kogito, en donde dos veces le rompen un dedo del pie lanzándole una bala de cañón, la extrañeza y perplejidad que le producen, llegando a simular un ataque de gota, para disimular el dolor. Comienza aparentando una novela de intriga, acaba convirtiéndose en una síntesis de la búsqueda del yo, de un viaje interior a un mundo que parece que esta hecho trizas, de la esperanza futura en un renacer.


La novela está remotamente basada en un hecho real: el suicido del cineasta japonés Juzo Itami, cuñado del propio Kenzaburo Oé, en la cual se intuyo la mano de la temida yakuza. Ficcionando su realidad desde un punto de vista crítico, existencialista, nostálgico y pesimista característico de todas sus obras, profundamente impregnadas de literatura europea, la cual estudio en su época universitaria y en la que sigue, en la actualidad, profundizando su estudio. En esta obra se presentan vivamente citados Rimbaud, Rabelais o Kafka, como en otras obras se estructuran a la manera del infierno de Dante y la admiración por Malcom Lowry (Cartas a los años de nostalgia) o su devoción frecuentemente manifestada por Cervantes u Ortega y Gasset.


Pero, como en todas las obras de Oé, uno tiene una extraña sensación de déjà vu, pues tiene la impresión de que, aunque no toda, parte de lo que se lee ya ha sido narrado por el autor. Sobre todo la sempiterna presencia de su hijo Hikari, en la novela designado como Akari, nacido con hidrocefalia y condenado a una minusvalía que lo ha llevado al autismo. En todas sus obras posteriores al nacimiento de su hijo, parte del argumento pivota alrededor de un personaje minusválido, nacido con un bulto en la cabeza, pesadilla existencial y, a la vez, bálsamo sobre el que descansa su obra. Un punto de inflexión entre el dolor y el afán de superación. No obstante, a pesar de su deficiencia, Hikari, es compositor e interprete de música clásica, de cierta fama en su país.


El miedo al resurgir del nacionalismo militarista en Japón (abomina de los nacionalismos), que lo han llevado a ser tachado en su país de extremadamente izquierdista. Aunque curiosamente en su juventud fue amigo de Yukio Mishima, contrapunto ideológico, que propugnaba un retorno a los valores del Japón Imperial, cuestión que le llevo al suicidio ritual, después del ridículo de su intento de sublevación por parte del ejército japonés.


O sus constantes referencias hacia su aldea natal, a cuyo universo fabular suele acudir con frecuencia (M/T py la hsitoria de las maravillas del bosque)


Obra compleja como la mayoría de sus novelas, de lo cual el autor, amigo de chascarrillos y acida autocritica, siempre deja clara su postura:


"lo he escrito y lo reafirmo, algunos han dicho que la música de mi hijo les ayudaba a dormirse, yo en cambio les he asegurado que resultará más eficaz una novela mía"


El autor, nacido en 1935, premio Nobel de 1994, está considerado como portavoz de su generación, la nacida o criada después de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, y, sino el mejor, de los mejores escritores japoneses de la postguerra. Fue profesor en el colegio de Méjico en la década de los 70, lo que le sirvió para comprender, si se habla despacio, según sus palabras, el castellano. Declarado admirador de Vargas Llosa, al cual considera que ya es justo que le concedan el Nobel de una vez.


Blanco de las críticas de los partidos ultraconservadores de su país, aboga por una democracia participativa, que rompa definitivamente con el secular (antes de la segunda guerra mundial) expansionismo y militarismos nipón. Ante lo cual se siente bastante pesimista. Poco antes de la concesión del Nobel llego ha afirmar que Japón era moralmente un país del Tercer Mundo. No debes ser bien recibido en el santuario sintoísta de Yasukuni, símbolo del ultranacionalismo de su país. Curiosamente él desciende una antigua familia de samuráis.


También ha sido acusado de ser un escritor poco japonés, que sus obras se alejan del estilo de Mishima o Kawabata, que ha “occidentalizado el japonés”, con frases largas, complejas y adjetivadas en grado sumo. El mismo ha definido su estilo como realismo grotesco.


Entre sus obras podemos destacar, El grito silencioso, sublime, para mi la mejor de las que le he leído, Cartas a los años de nostalgia, Una cuestión personal, Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura o Arrancad las semillas, fusilad a los niños.






miércoles, 6 de enero de 2010

SEPIAS EN EL PAISAJE DE LA PIEL



SEPIAS EN EL PAISAJE DE LA PIEL

Un interminable enero escarcha su piel,
deshojada en silencios.
Noches de nieves y vacíos
configuran el único alimento
para un cuerpo esculpido en ausencias,
mientras los recuerdos de lo que, otrora, regalaron los estíos
sólo provocan desazón en el erial de su vientre.

Han caído otoños en sus senos
y los inviernos amenazan hacerse perennes entre sus muslos;
la calidez de azúcar de su sexo
se ha solidificado a fuerza de hambre de pecado;
y el grito ahogado que responde a la propia mano
no es más que una súplica desesperada
de una boca y de otra mano.

Su cuerpo, atormentado de deseo,
se hace invierno y se encoje hacia su centro.
Aspira a ser de nuevo primavera,
cubrir su epidermis de violetas y de abrazos,
y respirar el aliento cálido de otro cuerpo
en un agosto de besos.

Y de pronto él,
los ojos de sus noches:
los susurros de unas manos aguerridas
dibujando veredas en su vientre,
el silbo de una boca agasajando
los botones de miel de sus senos
y el bramido de un tsunami
arrasando sus secretos
y arrancando albricias y latidos
a la perla que engalana, en nácar,
su sexo complaciente.

Manos en ascenso
hasta el centro del gozo y de la entrega,
labios en algodones
estallando en los misterios de los cuerpos
y lenguas deshojando corolas
y lamiendo pétalos;
gemidos que ruborizan el silencio de la noche.

Vuelve a ser estío con más fuerza,
y con más sepias, en el paisaje de la piel
atemperada en gozos y en suspiros.

lunes, 4 de enero de 2010

DIOS ME HIZO MUJER


DIOS ME HIZO MUJER


Dios me hizo mujer
en un segundo perdido de su eternidad;
Me hizo mujer, ¡sí!.
En el despiste de su boca,
insufló aliento cálido a mi efigie incipiente
y la nutrió de savia y néctares;
me hizo mujer en cuerpo,
en piel arrebatada en lunas
y en el fluir de la sangre y los sentidos.

Me hizo hembra
para poder, un día,
engendrar besos de luz
y parir amaneceres;
para amamantar sueños
y tejerle esperanzas a la aurora
en el bastidor de mi vientre

Me hizo fémina
para que, en la fragua del destino,
puliera los hierros candentes
del dolor de los míos
y acallara, con voz queda,
el llanto fatigoso de la fuente seca,
el grito amargo del despecho
y el último lamento de los hombres

Y me hizo mujer, fémina y hembra
para amar sin preguntas,
para recoger los velos del deseo
en la piel airada en soles y en jazmines,
para beber tules y granas en el viento
y besar el cenit.
Para ser luz y fuego
y valiente adalid en mil contiendas.
Para ser orto en la primera sonrisa
y ser ocaso en el último suspiro.

Dios, que pudo haberme hecho hombre,
se nutrió de un aire amable e inspirado,
miró directamente a los ojos del tiempo,
no lo dudó, eligió, y me hizo mujer

sábado, 2 de enero de 2010

De vampiro a vampiro

Nadie pudo romperme el corazón
desde que no lo tengo y este crío,
abandonado al loco desvarío,
salvaje y fiero lobo de algodón,
cogió mi mano cuando un cielo impío
prendió a su madre en blanca cremación
y me pidió, en más de una ocasión,
un beso y un abrazo “para el frío”.

Y como soy de piedra y no me afecta
la frágil consistencia de un enano
por más que con mirada tan perfecta
buscase en mi interior calor en vano,
tomé la decisión más justa y recta
y me estampé en el pecho aquella mano:


¡Endika, mi pequeño, ya lo siento!
he visto en mi pasado tu cochambre,
el trino de tu voz, cuerpo de alambre,
los ojos del cristal que lame el viento;
naciste de un designio fraudulento
e igual que yo serás carne de hambre.

Con la inocencia abrupta que te engaña,
reinventarás la risa perentoria
(lo más cerca que habrás de ver la gloria)
antes que te cercene la guadaña
el tiempo que te da como una araña
llenándote de huecos la memoria.

No habrá a tu alrededor más compañía
que el ruido bullicioso de la gente,
sonidos de cartón que solamente
ahuecan miedo, pena o apatía;
irá pasando el tiempo y, raro el día,
verás un corazón por accidente.

Nunca serás feliz, es improbable;
te van a devorar tres predadores
a cual más sanguinario; tus valores
masticarán el filo de su sable
y llorarás cuando el amor te hable,
y el odio; y el dolor, cuanto más llores.

Despertarás con una bofetada
en un lugar distante y diferente
cuando delante sólo tengas gente,
la masa informe, fría y despiadada,
que te dejó morir no haciendo nada
cuando bastaba un beso solamente.

Y a falta de otro abrazo y de otro beso
será tu risa álgida mañana;
tu voz de trueno, cuerpo de catana,
tos ojos, dos cañones en el yeso,
habitarán  prestado su deceso
y como yo, tendrás hambre inhumana.

Tu blanco languidece con desdén
leonino hasta vestir un gris oscuro;
y el negro que otros tienen por seguro,
tú lo verás, o no, pardo también;
Aún, donde tus ojos no lo ven,
sólo en tus dientes brilla el blanco puro.

Y cuando al fin te crezcan los colmillos
donde un mendigo beso muere quieto
y tengas por abrazo en tu esqueleto
dos alas negras hechas con cuchillos,
verás con ojos ciegos y amarillos
la vacuidad del mundo por completo.

Yo no puedo hacer nada con la espina
que hurga en el destino que te espera;
tu madre es polvo en polvo prisionera
de aquella sombra blanca y asesina;
si acaso, un tibio beso de propina
que no florecerá tu calavera.
.
Pero no pidas tanto de un extraño
soy hambre predadora de lo mismo;
no puedo rescatarte del abismo
en todo caso echarte del rebaño
para evitarte  un poco más de daño
salvándote de mi canibalismo.

Ya márchate y no llores, hijo mío,
que mucho tengo ya con alejarte;
volver a componer de parte a parte
las piedras que rellenen tu vacío
y torturar palabras con el arte
de echar al mar el llanto en sordo río.
En esta noche y sólo por el frío
¡quisiera tanto un beso y abrazarte…!

ESCRIBIRTE UN POEMA




Quise escribirte un poema
robándole a los tiempos su lisura;
aireé las sílabas en un suspiro,
las regué en el azul
y las teñí de afecto

Busqué, en mi cajita de sueños,
alguna rima con encanto en su piel,
la aderecé en magentas
y la acompasé, con ritmo amable,
al fluir de mi ánimo.

Llené de estrofas un querer
y lo solté al viento
con la esperanza de que se alzara
por encima, incluso, de mi afán,
sobre un mar de palabras mágicas.

Y cuando quise darme cuenta
no quedaba más que el perfume
-suspendido entre folios en blancos
y anhelos de tinta-
de un verso que escribí,
pensando, sólo, en regalártelo.