
Allí estaba. Solo. Con mis sueños destrozados. A la espera de mi única felicidad y a cuestas con mi despedazada esperanza. Ahora sí, el día había llegado; la solución acariciaba mi rostro. Ya faltaba poco, pero debía saber esperar. Tenía que permanecer entero. Abrí los ojos, al máximo, casi desencajando el semblante. No podía perderme un segundo, tenía que ver y sentir lo que tanto tiempo llevaba esperando. Estaba anhelante, incluso irreflexivo ante los hechos, pero sentía paz interior, una paz incomprensible, pensaba que nunca un epílogo hizo tanto por la vida de un hombre. Un condenado a muerte.
Doce meses atrás, a la terminación de mis tareas agrícolas, se desencadenaron una serie de acontecimientos que acabaron por marcar mi vida. Recuerdo que era sábado, día de paga. Con el cuerpo molido por el tremendo esfuerzo decidí irme a casa; la casa que los amos habían puesto a mi disposición; un cobertizo construido de láminas de chapa galvanizada, techo de cartón cubierto con paja, panojas de mazorca y cañas de carrizo. La noche caía y las sombras se mostraban amenazantes. Avivé el paso; mi mujer y mis tres hijos me esperaban.
Unos gritos me alertaron. Me sorprendí corriendo entre la semioscuridad. Temí lo peor. Cuando llegué a casa me encontré con un panorama dantesco. Mis hijos arrinconados e intimidados por un hombre que portaba una botella de licor en la mano. En el camastro, dos hombres vejaban y abusaban sexualmente de mi mujer. Me abalancé sobre ellos, sin pensarlo, y sin poder evitar que la afilada hoja de un cuchillo penetrara en mi vientre. Sentí la punzada, pero la ira y el odio acumulado anulaban el dolor. Me debatía en una feroz lucha hasta que algo contundente impactó en mi cabeza.
Las luces de una linterna cegaron mis ojos. Estaba en el suelo, desangrándome, cuando un policía comenzó a darme patadas, y a gritos, decía:
¡Levanta hijoputa!
¡A ver si tienes güevos de matarme a mí!
¡Cabrón de mierda!
Yo no sabía qué estaba intentando decirme ni por qué me hablaba en ese tono. Dos sanitarios entraron con una camilla, me colocaron en ella y entonces lo vi todo; mi mujer yacía muerta entre un charco de sangre con su rostro desfigurado por los golpes. Miré para el rincón y tres cuerpos pequeños andaban tirados por los suelos con sus gargantas abiertas de una parte a otra. Grité y lloré todo lo que podía, pero estaba débil; y me desmayé.
Después de 25 días en el hospital, con mi mirada, mi cabeza y mi alma extraviadas, pasé a una cárcel infesta. Había sido acusado de cuatro asesinatos. Se lo puse fácil a los jueces. Tenían a un acusado que no se defendía, por lo tanto, la sentencia estaba asegurada; pena de muerte. Cuando oí el veredicto de boca del magistrado, una sensación de alivio recorrió todo mi ser.
Hoy era el día de la ejecución. Por fin. Unos funcionarios entraron en la celda y me instaron a acompañarles. Utilizaron un tono jocoso, pero eso era lo que menos me importaba. A medida que avanzaba por aquel interminable pasillo mi memoria tomaba el protagonismo que durante meses había tenido oculto. Comencé a hablar sobre lo que pasó en realidad. Solicité la presencia de un abogado, del juez, del alcaide, de cualquier persona capaz de parar aquella ejecución injusta. Mis brazos se movían con una rapidez y furia inusitada. Nadie podía calmarme, estaba fuera de sí, mi boca lanzaba espumarajos blancos, estaba perdiendo el control; de pronto, una especie de descarga eléctrica, acabó con todo…
Desperté en un camastro, me encontraba cansado y confundido. Bajo mis pies, varias botellas de bourbon sin marca, montones de colillas y una jeringuilla con restos de sangre. Sobre la mesilla de noche había una foto de una mujer y tres niños pequeños; a ninguno reconocía. Sabía que algo tenía que hacer, que mi vida no podía transcurrir por esos derroteros, en caso contrario, el vicio y la adicción acabarían conmigo; si es que no lo habían hecho ya.
martes, 29 de septiembre de 2009
Vivir entre sombras.
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El peso de lo liviano
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martes, 22 de septiembre de 2009
RENDIDA DE AMOR
RENDIDA DE AMOR
Como regalo en perfumadas notas
febril te busca mi alma en el camino
como ley ordenando mi destino
hoy así de mis sentimientos brotas.
Mi cuerpo con tus manos alborotas
haciendo fiesta en el lecho cetrino
para beber el afrutado vino
del calor de nuestras pieles en gotas,
como una sierva que te ama devota
rendida de amor para ti, me entrego
con un sentimiento que no se agota
yo solo te pido o mejor te ruego
no me des olvido, ni el alma rota
Pues huiré de ti, como huyo del fuego.
Argelia Pérez Ruiz
Venezuela
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ARGELIA PEREZ RUIZ
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lunes, 21 de septiembre de 2009
La niña.
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El peso de lo liviano
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La mujer enroscada.
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El peso de lo liviano
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El ruido de tus tacos
con el ruido de tus tacos, reconocidos,
vienes de la noche y de los sueños,
entre agua, sol y brisa
arremolinando tu cadera
para encender la vida,
para acaparar mis ojos,
que se van detrás de ti,
de tu cintura fugitiva.
Te miro, te contemplo y pensativo
derramo el tiempo entre silencios,
me sonries y esa ligera mueca
en tu mejilla, me quiebra las palabras
despedaza el verbo, lo hace astillas
y quedo mudo, como una espada oxidada.
De pronto ya te fuiste…
otra vez , como todas las mañanas
como cada mañana, cuando te veo llegar,
con el ruido de tus tacos, reconocidos.
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Gustavo Pertierra
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domingo, 20 de septiembre de 2009
Viajera
Allí, en el cauce fresco y sombrío,
bajo el dosel de mi lecho terreno,
danzo las notas de mi alegro,
bajo el arco de triunfo recién nacido.
Mientras las libélulas siembran brisas,
y el verde crece en silencio,
baja el color de los cielos,
me fundo bajo las lanzas de fuego,
en las perlas nacaradas,
que marcan mi ruta de eterno retorno.
Abrazo a mis hermanas saladas,
mientas me arrastra el titan que me elevará a los cielos y,
mientras me despido, me acunan los vientos,
devuelvo a mis hermanas sus besos salados
y mudo a lágrima dulce, a espíritu etéreo.
Los ojos del viento son testigos,
de que vuelvo a casa, con los mios,
cabalgando el arco de mi victoria sobre el tiempo,
que atrapa mis suspiros en el gran libro.
Solo unas letras con cuya lectura espero que hayáis disfrutado, dejo a vuestro criterio y a los buenos oficios del creador de este espacio su clarificación con una etiqueta.
Os propongo un ejercicio que allá donde originalmente lo publique propuse a los lectores:
- ¿Adivina quien protagoniza la historia?
- ¿A que sucesos de su existencia hace referencia este revoltijo de metáforas jajajaja?
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CharlyChip
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ARBOL DESHOJADO
ARBOL DESHOJADO
Mi mente a solas, tu dulce nombre deletrea
Dentro de mi tristeza, quietud y mi congoja,
Siento que eres viento arrollador, que tumba la hoja,
Soy el aire que pasa, sin que nadie me vea.
Sobre ella desconocida, flor de alcaravea,
Cual fruta madura, sin que nadie la recoja,
Como flor marchita, que viento leve deshoja.
Todavía, mi mente tu nombre deletrea.
Sombra gris, que a lo mejor precisa algún viajero,
Remanso dulce, para el buen hombre enamorado,
Agua fresca, añorada, del viejo tinajero.
Que me entrega verdadero amor ilusionado,
Luz de los ojos de aquél, que dice “te quiero”
Y tú serás entonces, el árbol deshojado.
BIRMANIA PÉREZ RUÍZ
2009
VENEZUELA
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Birmania Perez Ruiz
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NODRIZA
NODRIZA
Por mi mente se desliza
El espacio en tu regazo
Deja solamente un trazo:
Bendice lo que pisa…
Aunque sé que eres ceniza,
De tu cuerpo en un abrazo,
De tu amor eterno lazo,
En el tiempo se eterniza.
Tu cariño y gentileza
Fuerte recuerdo agiliza,
El coraje y la franqueza
Como agua que me bautiza,
Sobre mi cuerpo y cabeza,
Tu palabra de nodriza.
BIRMANIA PÉREZ RUÍZ
2009
VENEZUELA
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Birmania Perez Ruiz
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EL CAMINO Y LA PALMA
EL CAMINO Y LA PALMA
Cual paloma mensajera
Fresco viento celestino,
Llega el aire matutino,
Con tu palabra viajera.
Dijo la palma llanera
A la orilla del camino,
Bajo este cielo perlino
Quiero ser tu compañera.
Así el camino y la palma
En el inmenso horizonte,
Se hacen amigos del alma.
Por el sendero y el monte,
Se mira tu cielo en calma,
Con nubes de polizonte.
BIRMANIA PÉREZ RUÍZ
2009
VENEZUELA
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Birmania Perez Ruiz
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viernes, 18 de septiembre de 2009
Sobre "El maestro y Margarita", de Mijail Bulgákov
A pesar de mi impericia a la hora de escribir artículo de opinión literaria, me voy a atrever hoy a ello -no sin cierto reparo-, porque me gustaría acercaros, de alguna manera, una deliciosa obra del escritor ruso Mijail Bulgákov (1891-1940), titulada "El maestro y Margarita". Esta obra me impresionó gratamente (muy gratamente) cuando la leí, por primera vez, hace ya muchos años (es más, marcó un antes y un después en mi particular visión de temas en los que se adentra) y me ha vuelto a impresionar cuando, años después, la he vuelto a leer.
Introduciré primero al autor, con una pequeña reseña de su biografía.
Novelista y dramaturgo nacido en Kiev. Estudió Medicina, pero renunció a esa profesión en favor de la creación literaria. Sus primeras obras son narraciones satíricas, inspiradas en su vocación médica, Maleficios (1925), Corazón de perro (1925), Morfina (1927), y comedias, El departamento de Zoia (1926). Alcanzó el reconocimiento con su extensa novela La guardia blanca (1925), que se desarrolla en Kiev durante la Revolución bolchevique y fue dramatizada como La huida (1926).
Tuvo que enfrentarse a la crítica oficial por su retrato favorable de un grupo de oficiales antibolcheviques durante la guerra civil y por "faltar" a un héroe comunista. Aunque las obras de Bulgakov disfrutaban de gran popularidad, las autoridades le prohibieron publicar a partir de 1930 pues encontraban inaceptable su sátira de las costumbres soviéticas (tema recurrente, por cierto, en su obra).
De gran interés son sus cartas a Stalin, con el que llegó a tener una relación epistolar muy especial y por la que, según algunos de sus biógrafos, se ganó la simpatía del tirano que, aunque no podía aceptar al escritor, en cierto modo le perdonó la vida. En esas cartas, Bulgakov le pide al dictador el permiso para "desterrarse" de su país. Es particularmente singular la relación entre estos dos personajes. Bulgákov se identifica un tanto con Molière quien, a su vez, tuvo que lidiar con la censura y los caprichos de Luis XIV y su corte. Pero, aunque es perseguido y censurado, sin embargo, se le permite representar -con gran éxito, por cierto- alguna de sus obras dramáticas, por ejemplo Los días de los Turbin, conmovedor retrato de los sufrimientos de la aristocracia ucraniana durante la revolución. Esa obra, además, se convirtió (nadie ha podido explicar por qué) en una de las obras favoritas de Stalin, de quien se dice fue a verla hasta seis veces. Inexplicable el hecho de que el propio tirano "llorara" ante los sufrimientos de la clase aristocrática, a no ser que en ello gozará del triunfo que suponía para la clase "bolchevique" ese dolor.
Su mejor novela, sin duda, es El maestro y Margarita (publicada en la Unión Soviética en 1966) fue escrita entre 1929 y su muerte, acaecida en 1940. Es una obra póstuma que terminará su esposa. De hecho, en la tercera parte de la obra es fácil adivinar rasgos que no parecen propios del autor. Así, por ejemplo, es palpable la forma en que la ironía que rebosa toda la primera parte se apaga un poco en esta última.
El maestro y Margarita es una obra en el que se intercalan tres historias, una de ellas realmente hilarante, en la que el diablo en persona se presenta en el Moscú de los años 30 como maestro de variedades (Mago) para locura de un grupo de intelectuales (periodistas, literatos, músicos) del mundillo culto de la ciudad moscovita. En realidad, una mordaz crítica hacia el régimen político y la sociedad rusa del momento, en la que, ni el diablo, podría encajar. Realmente genial el tratamiento de tal crítica, desbordando ironía.
Se entreteje con la historia anterior otra particularmente interesante, que en realidad hila la trama para dar lugar, posteriormente, a la segunda parte de la obra, en realidad, la que da nombre al libro: el maestro y Margarita. Una ficción sobre el encuentro de Jesús (Joshuá o Ga-Nozri, en la obra) con Pilatos (una historia dentro de la historia, pues se supone que el autor de este relato es el maestro que aparecerá más tarde, en la segunda parte indicada). Una visión muy particular de aquel juicio en el que el procurador romano no halló culpa alguna en el reo.
"Seguramente era cosa de la sangre que le golpeaba las sienes, pero el procurador sintió que se le turbaba la vista. Le pareció que la cabeza del preso se borraba y en su lugar, aparecía otra. Una cabeza calva que tenía una corona de oro, de dientes separados. En la frente, una llaga redonda, cubierta de pomada, le quemaba la piel. Una boca hundida, sin dientes, con el labio inferior colgando. Le pareció a Pilatos que se borraban las columnas rosas del balcón y los tejados de Jershalaím, que se venían abajo, detrás del parque, y que todo se cubría del verde espeso de los jardines de Caprea. También le sucedió algo extraño con el oído: percibió el ruido lejano y amenazador de las trompetas y una voz nasal que estiraba con arrogancia las palabras: "La ley sobre el insulto de la majestad..." Atravesaron su mente una serie de ideas breves, incoherentes y extrañas: "¡Perdido!" Luego "¡Perdidos!" Y otra completamente absurda, sobre la inmortalidad; y aquella inmortalidad le producía una angustia tremenda. Pilatos hizo un esfuerzo, se desembarazó de aquella visión, volvió con la vista al balcón y de nuevo se enfrentó con los ojos del preso"
La idea de la inmortalidad le pesó a Pilatos... realmente. Y Bulgakov no duda en presentarla en su obra, pues seguramente él también se sentía abrumado por ella.
"Todo había terminado y no valía la pena seguir discutiendo. Ga-Nozri se iba para simpre y nadie podría calmar los horribles dolores del procurador, la única salvación era la muerte. Pero esta idea no fue lo que le sorprendió. Aquella angustia inexplicable que le invadiera cuando estaba en el balcón se había apoderado ahora de todo su ser. Intentó buscar una expliación y la que encontró fue bastante extraña. Tuvo la vaga sensación de que su conversación con el condenado quedó sin terminar, o que no le había escuchado hasta el final. Pilatos desechó ese pensamiento, que desapareció tan repentinamente como había surgido. Se fue, y su angustia quedó sin explicar, porque tampoco la explicaba la idea que relampagueó en su cerebro: "la inmortalidad..., ha llegado la inmortalidad..." ¿Quién iba a ser inmortal?. El procurador no pudo comprenderlo, pero la idea de la misteriosa inmortalidad le hizo sentir frío en medio de aquel sol abogiante Bien -dijo Pilatos- así sea. Entonces se volvió, abarcó con la mirada el mundo que veía y se sorprendió del cambio que había sufrido. Desapareció la mata cubierta de rosas, desaparecieron los cipreses que bordeaban la terraza superior, también el granate y una estatua blanca en medio del verde. En su lugar flotó una nube purpúrea, con algas que oscilaban y que empezaron a moverse hacia un lado, y con ellas se movió Pilatos. Ahora se le llevaba, asfixiándole y abrasándole, la ira más terrible, la ira de la impotencia"
La tercera historia que nos ofrece esta interesante obra y que constituye toda la segunda parte del libro, nos presenta a Margarita (esposa del Maestro), que no duda en pactar con el diablo (el Mago de "varietès") para reencontrar a su amor perdido (es decir, el Maestro, que a su vez, es el autor del pensamiento sobre Pilatos).
El autor evita caer en tópicos y construye, en Margarita, un personaje que está lejos de la virtud, que es infiel a su marido y que hace uso de su poder de bruja para vengarse de quien cree conveniente. Asimismo, y lejos de nuevo de ideas preconcebidas, hace del diablo y su séquito -diablillos menores- unos personajes malvados pero simpáticos.
Más de doce años estuvo Bulgakov escribiendo esta obra en la que algunos han visto a Bulgakov en el propio Maestro. En cualquier caso, manifiesta, sin duda alguna, sus particular visión respecto a la sociedad moscovita de su tiempo y deja claro su ateísmo más profundo.
Una obra interesante, escrita con maestría y una gracia que la hace realmente adorable. Por lo menos, esa es mi visión.
Psique (con la ayuda inestimable de Bulgákov)
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Amelia
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