sábado, 26 de septiembre de 2009

Adiós, musas, adiós

En esto de escribir, uno, normalmente, no tiene mucha "culpa". Son las musas las artífices. ¿Qué no?. Os aseguro que sí. Os cuento una vivencia que me acaeció tiempo atrás:

Héteme aquí que me encontraba yo paseando tranquilamente, la mente perdida en vericuetos del despiste, relajados los ánimos, calladas las inquietudes.

En ese estado de duermevela intelectiva me hallaba, lejos de la influencia de la razón, cuando, sin previo aviso ni invitación alguna, esas musas revoltosas que pululan por un espacio paralelo decidieron, de forma unilateral, entrarme al asalto, sin piedad.

Insistentes y tenaces lograron despertarme del descuido en el que voluntariamente me perdía e, inquietando mi osadía, me pusieron pies en polvorosa, presta a buscar un teclado donde depositar la súbita inspiración que me embargaba.

En unos segundos apenas recorrí el espacio que me separaba del Cyber del barrio. Una vez dentro, y sin poder precisar que me llevó a ello, mis dedos, con autonomía propia y distinta de la mía, aporrearon a su gusto el inerte teclado. No sé si fue Erato, Euterpe o Melpómene, aunque me inclino a pensar que fuera Talia, la Musa que decidió que ese día era yo su presa. Es más, seguro que fueron todas ellas y alguna que otra más ¿tal vez Clío? Riose -o riéronse- de mi audacia y todo lo que mis dedos transmitieron al teclado fue visionado en pantalla. ¡Y era bello!... Oh, oh... ¡algo fallaba! Era ella, o tal vez ellas, y no yo, la autora o autoras de aquello que recreaba la pantalla. Aquel nutricio relato con destellos de genial bizarría no debía, no podía ser mío.

Por un segundo cerré los ojos. ¿Qué pasaba? ¿Qué me estaba pasando?

Esos mismos dedos que ya sólo obedecían voluntades externas siguieron tecleando. Así, tropezaron con algún foro de literatura y en él con este preclaro post con que tú, Samuel, nos recreabas.


Si te asaltan deseos de trascendencia, se te echa encima alguna musa loca y te entran irresistibles ganas de escribir, elige, por favor, entre una de estas opciones:

a/ Siéntate un poquito hasta que se te pasen.

b/ Ponte algo y sal a ver escaparates.

c/ Amórrate a una botella y emborráchate masivamente.

d/ Enchufa el televisor: tendrás asegurada una cumplida dosis de morralla.

e/ Telefonea a un amigo; si no tienes, a un conocido; si tampoco, a la tía coja del pueblo, a ver si sigue con vida. Salir al rellano y emprenderla a voces, por el motivo más peregrino, con el primer vecino que encuentres, también distrae un rato.

f/ Haz algo más edificante, como escupir a la calle desde el balcón o arrojar algún objeto contundente. Siempre pasan monjas, señoras con pelucones y calvorotas.

g/ Fricciónate compulsivamente los genitales, en alabanza a Onán.

h/ Húrgate en la nariz: es igual de inútil que escribir, aunque algo más productivo y mucho más entretenido.

i/ Busca una soga resistente e inmólate en un rincón.

...


Y aquí, esta vez sí, la propia voluntad entró en juego y leí tu consejo.

Te contaré el proceso que me embargó:

a) Estando ya sentada, sólo me quedaba mantenerme en esa postura hasta que se me pasaran las innobles ansías. Pero, como relato a continuación, no fue posible.

b) ¿Qué me pusiera algo y saliera a ver escaparates? ¡Coño!. ¡Si de la calle venía!, en el cyber no tenía posibilidad de ponerme nada (bueno, medité y decidí quitarme la chaqueta. Así ya tenía algo que ponerme, mi propia chaqueta). Entendí que tu consejo era bienintencionado y que su seguimiento podía ser adecuado para la consecución del fin pretendido: ¡Alejar a las musas que me habían atrapado! Salí, pues, a la calle, tras guardar debidamente aquel archivo de texto que me atormentaba, cerrar el ordenador y pagar el importe que el dependiente del establecimiento me requería.

Me fui a ver escaparates. Todo sea obediencia debida. Pero no quedó sin consecuencias acto tal. ¡Medio sueldo me dejé en la afrenta! Vi escaparates, sí, pero quise comprobar la veracidad de lo expuesto. Y ¡Qué mejor que llevármelo a casa!

Volví por mis pasos, con varias bolsas de diversos productos que no precisaba y, al pasar por la puerta del cyber, dudé. Decidí no entrar y seguir hasta casa. Tal vez en el paseo las musas decidieran abandonarme pero, ¡Quiá!, cada vez se mostraban más arteras.

Llegué a casa, dejé las bolsas sobre el sofá del salón, encendí mi ordenador y procedí de nuevo a conectarme a Internet

Volví a entrar en el foro y en tu post, Samuel. Y seguí leyendo tus prudentes consejos:

c) Eso de emborracharme no es práctica habitual en mí, pero sacrifíqueme por la causa, y aún a riesgo de la consabida resaca, púseme manos a la obra. Y corrió el vino, y lo que no era vino.

A duras penas, acabadas dos o tres botellas (la cuenta la perdí a partir del séptimo u octavo vaso), y con esfuerzo ímprobo, seguí la lectura de tus consejos. Difícil se me hacía pues las letras se empeñaban en no permanecer quietas.

d) Procedí a encender el televisor, no sin problemas. ¡Para qué demonios les ponen tantos botones!... Eso, al menos, pensaba yo en ese momento. Hoy, con la perspectiva del tiempo y curado el “pedo” y su correspondiente resaca, compruebo que no era la cosa tal. ¡Mi televisor no tiene nada más que un botón! El resto, imagino, no era más que efecto del alcohol, que según parece llega a duplicar, triplicar e incluso más, las cosas.

No me enteré mucho de la programación, cierto es, pero las musas se ve que empezaron a cansarse de mí, porque ya no tecleaba, no. No era teclear lo que hacía, más bien, aporreaba las teclas. En la pantalla empezaron a aparecer inconexas palabras que, poco a poco, ya no eran ni palabras. Bueno, por ser, ya casi ni letras eran. Una muestra de que las musas estaban pasando ya de mí es esto:


el vinGaool* qudde tien$3e adf ¡taragggri!sun ció·fGDn o es blllllllllan··$co ni es ti¡ ¿yUUpntiiiiiiiiiiiiiiiiiiio ni tiegggene col;lor?.



Copia exacta del párrafo más legible que logré escribir en aquellos momentos.

Aún así, cretinamente obediente, seguí cumpliendo el protocolo que indicabas

e) En el estado en que me encontraba difícilmente podía marcar número alguno en el teléfono con lo que, tras varios intentos fallidos, me incliné a realizar la última apreciación y salí al rellano de la escalera con la sana intención de "emprenderla a voces por el motivo más peregrino con el primer vecino que encontrara". Tuve la mala suerte de tropezar conmigo misma en el primer escalón de la escalera y caí por ella, dando tumbos. El efecto, desde luego, fue similar al deseado pues los gritos ciertamente fueron emitidos, con más fuerza, además, de la pretendida, y alerté a todo el vecindario.

Las musas no sé si se apiadaron de mí o si fue el ángel custodio el que profesó la caridad, el tema es que terminé mi giratoria excursión por las escaleras sin hueso roto alguno y simplemente con algún que otro “chichón".

Fui acompañada por algún solícito vecino hacia la puerta de mi casa e invitada a entrar. Ante la insistencia de ese mismo vecino (no recuerdo si vecino o vecina), me tumbé en el sofá mientras el mencionado/a se retiraba con manifiestas muestras de preocupación en su semblante.

Una vez sola sentí la imperiosa necesidad de continuar la lectura de tus consejos y, aunque sin recordar ya para qué, seguir con la práctica de ellos.

f) Pareciome que indicabas la conveniencia de arrojar algún objeto por la ventana, con la intención, no del todo ética, siento decírtelo, de que impactara sobre algún transeúnte. Y procedí rauda. Claro, para ello cogí lo que tenía más a mano: ¡El portátil!

Arrepintiéndome estoy aún, no creas que no. Tuve la fortuna de que ningún desgraciado pasara en aquel momento por la calle y el contundente objeto fue a estallarse contra el duro asfalto, deshaciéndose en mil pedazos. Pudo haber sido peor la cosa, desde luego? ¡Gracias a Dios no hubo que lamentar desgracias personales! (bueno, sí, las que yo misma sufrí: una vez pasada la resaca producto de mi borrachera, mi ego quedó profundamente herido, y mi cabeza arrastró un potente dolor durante unos cuantos días... ah, y mis frugales existencias penuarias, ya bastantes mermadas poco antes en el ataque de febril consumismo, se vieron drásticamente reducidas cuando hube de reponer el portátil que tan estúpidamente "suicidé")

Quedeme absorta viendo el estropicio y, atónita ante mi propia cretinez, me pregunté: "¿y ahora cómo sigo?"

No podía recordar con precisión los sabios consejos, apenas algo así como un rascado indecoroso y un indecoroso, también, hurgamiento de narices. No me extenderé en el relato de esta parte por respeto a algún posible lector.

El final, sin embargo, aparecía nítido en el recuerdo: autoinmolarse con alguna resistente soga en algún olvidado rincón.

Otra vez más, las musas, los ángeles guardos o los hados, que todo podía ser, vinieron a mi ayuda y la soga que encontré no era otra cosa que una suave y pura lana virgen -ejem- , suave al tacto y, como pude comprobar después, no tan resistente como pretendían hacerme ver sus fabricantes -lo que figura en la etiqueta ¡todo mentira!-. No resistió ni el primer intento. Rompió en todas las ocasiones, y fueron varias, no puedo recordar el número -sí, ¡como para recordar estaba yo!-, en que intenté el inmolamiento.

Claro que, en esos momentos, no quepa duda, el objetivo pretendido se había logrado plenamente. ¡Vete a saber dónde andaban las musas! Bueno, las musas y mi razón, que debían haberse fugado juntas.

Tras una espantosa noche de pesadillas, escalofríos y estertores más propios de la agonía, llegó el día y el sol trajo algo de mesura, junto con una resaca de órdago.

Una buena ducha, un café muy cargado y mucha voluntad por mi parte hicieron el resto y, horas después, parecía otra vez persona. Eso sí, sin entender ni “torta” de lo que había pasado y sin recordar casi nada de la aciaga noche.

Bajé a la calle donde observé entristecida -y bastante enojada conmigo misma- los restos del dislate nocturno: el disperso cadáver del que fue mi portátil. Le dediqué unos segundos pesarosos y, entendiendo que aquello no tenía ya solución, recogí los restos y los arrojé a un contenedor próximo. Una última mirada y un último reproche a mí misma por la locura -1000 euros que habría de costarme la gracia- . Y, taciturna, abandoné aquel lugar.

Al pasar de nuevo frente al cyber sentí la necesidad de volver a leer tu post con la intención de buscar allí la explicación de lo que había pasado, que se me hacía huidiza

Y la hallé, no cabe duda.

Releí varias veces la acusación que patente se advertía. ¡Y es que hay que leerlo todo, antes de actuar!

Pues sí:


“Si te asaltan deseos de trascendencia, se te echa encima alguna musa loca y te entran irresistibles ganas de escribir, elige, por favor, entre una de estas opciones”


Exactamente eso es lo que decía: “elige, por favor, entre una de estas opciones”

¡No eran precisas todas!... vaya, vaya, vaya…

Eso sí, puedo atestiguarlo, si se realizan todas:


¡Funciona!

Adiós musas, adiós.



6 comentarios:

CharlyChip dijo...

Nada como reir un rato para despejar la mente jajajja.

Besos

psique dijo...

Efectivamente, el humor, que no falte. Es tan necesario como el respirar.

Una cosa, no sigas los consejos si quieres despistar a las musas, ya ves lo que pasa, :D :D :D


Un beso.

Segis dijo...

Bueno, compañera Psique,

Interesante carta le remites a ese tal Samuel. Yo diría que desde ésta, ya no ha sucumbido a la tentación de darte consejo alguno más (Por si las moscas, que deben ser peores que las musas en tu caso) :D :D :D

Graciosa y entretenida proposición nos dejas para aquellos que, en algún momento, entrasen en conflicto con sus musas. De donde saco la moraleja obligada: "Fíjate en los pasos de Psique y, pase lo que pase, NO LOS SIGAS" :D :D :D

Un abrazo, compa.

Segis

psique dijo...

Pues sí, callado como una tumba está, desde que le llegó mi misiva. :P

Eso es, tú lo has dicho, que se fijen en mis pasos y que, tal cómo está la cosa, ni se les ocurra seguirlos. Pero que ni se les ocurra.

:D :D :D

Besotes, "compi"

José Antonio dijo...

Oye, y para los que tenemos las musas un tanto asustadas, no tendrás por ahí algunos puntos fáciles a seguir, algún brebaje, acupuntura, no sé algo que conozcas y funcione?
Yo, por un minuto de gloria, vamos, vamos, lo que hago.
Un abrazo, Psique.
Se me olvidaba, el relato, precioso.

psique dijo...

Bueno... desde el 22 de octubre, y yo no había caído en tu comentario. Perdón, perdón, perdón...

Tengo algún brebaje, sí, pero últimamente no me está dando resultado alguno. Debe ser que las musas son como las ratas y las cucarachas, que se acostumbran a los venenos, se hacen fuertes a ellos y hasta les engordan.

Gracias por pasar. Y tienes, al menos eso veo en tus poemas, más de un minuto de gloria.

Un beso

PSIQUE